martes, 24 de abril de 2018

IV Domingo de Pascua - Buen Pastor


IV Domingo de Pascua                                    Año B                                           Jn 10,11-18


La visión central de este domingo es el Buen Pastor que da su propia vida por las ovejas.  Literalmente es el pastor bello, porque el término kalòs ha sido reducido a bueno de acuerdo a la interpretación jurídico moral que ha sido la predominante muchas veces en la traducción de muchos términos bíblicos, Dificultad en este caso debida también a lo complejo de traducir el hebreo. El término kalòs, bello, está usado más de cien veces en el nuevo Testamento.
Pedro en su primera carta recomienda a los cristianos que su conducta entre los paganos sea bella, porque cuando son calumniados como malhechores, viendo sus bellas obras glorifiquen a Dios (Cfr. 1Pe 2,12).  Esta conducta bella con las obras bellas es literalmente el testimonio, que es el mismo término usado por Pablo en la carta a Timoteo cuando dice que Jesucristo “dio su bello testimonio delante de Poncio Pilato (1 Tim 6,13). De hecho, delante de Pilato Cristo dio testimonio de la verdad (Cfr. Jn 18,37). Qué cosa sea la verdad (Cfr. Jn 18,38) es la pregunta de Pilato que no puede entender, por qué la verdad –como La explica el Evangelio de Juan- es la filiación del Hijo, es la relación con el Padre, la ausencia de soledad. “Yo no he hablado por mí mismo, sino el Padre que me ha enviado me ha dicho lo que tenía que decir y pronunciar” (Jn 12,49). Por esto “El que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18,37)
En la parábola del sembrador todo se vuelve a unir porque para hablar de la tierra donde cae la semilla (Cfr. Mc 4,8 por ejemplo) se usa el término terreno bello, o sea el terreno que “escucha la palabra, la acoge y da mucho fruto” (Cfr. Mc 4,20)- se convierte en terreno bello porque ya no es sólo terreno sino que adentro lleva otra realidad.
Esto es lo que es bello: escuchar la palabra, acogerla y hacerla fructificar.  Lleva mucho fruto el grano de trigo que ha caído en la tierra y que muere (Cfr. Jn 12,24).
El significado de la palabra bello que se abre aquí deja un espacio enorme a la libertad del amor porque significa acoger el principio de la Palabra que es el Hijo y que comienza en mí una transfiguración que me lleva a la ofrenda de mí. De hecho el Pastor, el que es bello, es el que hace ver al hombre habitado por Dios, o sea como ofrenda de sí mismo. “Yo soy el pastor bello y el pastor bello ofrece la vida por sus ovejas” (Jn 10,11) La belleza, lo bello es algo dinámico, es un proceso de transfiguración que pasa a través de la renuncia, a través de la ofrenda de sí y es bello porque hace ver en la semilla el brote, a través de la muerte.  El Hijo no está solo, revelará a Otro.  Y lo hará justamente en la muerte.  Esta es la belleza.
El término kalòs en el Nuevo Testamento incluye el misterio pascual.  Y es por esto que en el tiempo pascual está el domingo del Buen Pastor.  Aquel que hace ver la vida pascual de la humanidad, como Hijo y por lo tanto es el Pastor Bello.  La Belleza es hacer ver el otro, hacer surgir el otro, no agotar una realidad en sí misma sino a través de la relación de amor hacer surgir el otro, y esto se da cuando tú te ofreces, renuncias, mueres.
Es por esto que si nos quedamos en la traducción de bueno en lugar de bello, termina siendo lo bello un ideal paralelo a bueno.  Esto es lo que de hecho ha sucedido y ha realizado una profunda herida en nuestra cultura haciéndonos creer que lo bello pueda existir como paralelo a una vida vivida con ideales totalmente opuestos. Pero no existe un bello ideal que pueda convivir con la noche de la soledad, de la muerte, cuando no ves todavía ningún brote pero la semilla ya está deshecha, que es el momento más difícil de la vida espiritual. Pero al Pastor Bello –Aquel que es la ofrende continua de sí mismo al Padre- tú siempre podrás mirar: cuando estás en la plenitud de tus fuerzas, cuando estás enfermo, cuando estás en manos de la muerte, siempre.  Porque es un paso y en todos los pasos encontrarás la forma perfecta, la fuerza perfecta, el ámbito perfecto. Ya sea en la semilla, en el morir, en la soledad, o ya sea en el brote.
Bello es el hombre que vive esta nueva existencia que Dios nos ha traído en Cristo para la nueva humanidad y que a través de la muerte, a través de los momentos más difíciles de la propia vida revela la fuerza de la vida que ha recibido, que es el amor del Padre.
Cuando todos los ideales clásicos caen, cuando el hombre vive destruido, arrodillado y aplastado, es en ese momento que aparece, se expande y desarrolla la fuerza más grande.  Desde Cristo muerto ha brotado la glorificación del Padre y este es en verdad su testimonio bello delante de Pilato. (Cfr. 1 Tim 6,13)
P. Marko Ivan Rupnik




jueves, 12 de abril de 2018

III Domingo de Pascua


III Domingo de Pascua             Año B                                                   Lc 24,35-48


 Una vez más Jesús nos lleva a los signos de la pasión, sus manos y sus pies son testimonios de que el amor de Dios Padre es la única realidad indestructible.  Su relación fiel es la única que no se puede deshacer o truncar, por lo tanto entrar en el amor del Padre significa entrar en su eterna memoria. El misterio pascual se ha consumado cuando el Hijo de Dios ha vivido su humanidad como don de sí, y entregando su aliento (o respiración, en el evangelio dice espíritu) al Padre lo ha entregado a toda la humanidad y en este mismo aliento está a su vez entregada al Padre, a su amor eterno.
Hay una pedagogía de Cristo, en los cuarenta días de las apariciones: en la Biblia el número cuarenta marca el tiempo del aprendizaje y del conocimiento en el discernimiento.  Él aparece en esta manera física de la primera creación haciendo ver que esta humanidad ya no está sujeta a las leyes de esta creación. La vida vivida en su corporeidad humana como amor del Hijo, a través del sacrificio total que es la muerte en la cruz, hace entrar toda su humanidad en la memoria eterna del Padre, porque ha sido vivida totalmente en el amor filial. Por esto es evidente que lo que Cristo hizo en el arco de su vida en comunión con los otros está custodiado en la vida definitiva y por lo tanto aparece de esta manera.  Cristo que come con los apóstoles hace ver los dos registros de la vida, lo que aquí se ha vivido en el amor ya está cumplido en el Reino y está con Cristo escondido en Dios. Y cuando aparecerá Cristo en su gloria definitiva del Reino, aparecerá toda nuestra realidad vivida en Él. (Cfr. Col 3,4)
Por esto Cristo hace ver a los discípulos una nueva cualidad de la vida en su humanidad.  A través de la pascua, a través de la ofrenda de sí mismo, se cumple una nueva generación (somos nuevamente engendrados).  Una humanidad que tiene la posibilidad de ser completamente filial, totalmente en comunión con el Padre así como es ya para Cristo que por esto existe de una manera nueva, la manera comunional, “en medio de ellos” (Cfr. Jn 1,14; 20; 19,26).  Es la humanidad de Cristo resucitado. Aparece para enseñarles a acostumbrase a no buscarlo más como un individuo en quien habita alguna cosa divina, sino como divino-humanidad pascual, una humanidad hecha verdaderamente filial, que de esta manera puede vivir como resucitada.
Por esto abre su mente a la inteligencia de las Escrituras. Sólo se pueden comprender a partir de la resurrección.  No se trata de una comprensión simplemente intelectual, con la ayuda de alguna técnica del conocimiento y de la interpretación. Las Escrituras contienen el Verbo que ahora se ha manifestado como Hijo de Dios, verdadero hombre, por lo tanto la clave para la comprensión es una Persona y no simplemente un texto.  Para esto se necesita una inteligencia relacional, una inteligencia agápica que nos es donada por el Espíritu Santo. Abrir la mente a la inteligencia de las Escrituras se convierte en el último gesto de la redención que después será llevado a cabo por el Espíritu Santo que recordará todo lo que Él ha cumplido y enseñado (Cfr. Jn 14,26; 16,13).
Esta es la verdadera anámnesis, la eterna memoria que en la divino humanidad de Cristo nos abre el acceso a la visión del Padre cuyo designio es recapitular en Él todas las cosas, las del cielo y las de la tierra (Cfr. Ef 3,10).
El pecado de alguna manera ha sellado la posibilidad de leer, de conocer esta visión cerrando al hombre dentro de sus coordenadas que pretenden hacerlo como Dios y lo privan por esto de esa visión de todounidad que pertenece solo al Padre y a la cual nosotros podemos acceder sólo en Cristo, a partir de la relación filial con el Padre.  Con la mentalidad del pecado el hombre es capaz de inventar modos de conocimiento, de estudio, de interpretación pero no alcanza a entender la lógica relacional, la eclesial, uno en el otro.  No se entiende la Escritura, o sea el sentido de nuestra existencia en Dios sin una relación con Cristo, Hijo del Padre.
Es más bien que encontrándose en Él, en su humanidad está el sentido y el cumplimiento de toda la Escritura.
En los acontecimientos de todos los días queremos inmediatamente dar una interpretación, siempre, porque esta es nuestra “forma mentis”, pero no tenemos en cuenta que el único lugar donde las cosas adquieren su nombre, el único lugar donde encuentra sentido todo lo que acontece es el sacramento, la liturgia: sólo aquí las cosas reciben un nombre como son, porque hay una sinergia entre la Palabra, el Espíritu y lo creado. En la liturgia se pronuncia y la palabra es inmediatamente el acontecimiento (te sean personados los pecados y los pecados son perdonados). No solo esto. La Palabra que escuchamos al comienzo de la liturgia del sacramento de la Eucaristía y que en la homilía buscamos hacer ver cómo se puede realizar, se realiza plenamente a través el pan y el vino que nosotros ofrecemos. De hecho los evangelios pascuales nos llevan continuamente al encuentro con Cristo que come junto con los suyos. La Eucaristía es la realización de la palabra encarnada y nosotros nos alimentamos de ella en la comunión.  El hombre se transforma en lo que come.
No se trata por lo tanto de entender la palabra como una especie de programa de vida que a nosotros después toca realizar, la Palabra misma es teúrgica, y pide realizarse en nuestra vida siendo acogida.  El Cristo post-pascual cierra toda puerta a una posible interpretación ideológica o moralística de la fe en Él.
P. Marko Ivan Rupnik



viernes, 6 de abril de 2018

II Domingo de Pascua





II Domingo de Pascua – Año B                                                                    Jn 20,19-31



El comienzo del evangelio de hoy parece volver a ponernos en un clima pre-pascual a pesar de que estamos al final del octavo día, el octavo del octavo.
En este clima de humanidad no redimida sino temerosa, con miedo, preocupada por el propio fin. “llegó Jesús cuando las puertas estaban cerradas” (Jn 20,19 “llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos). Es importantísimo que se diga “llegó” y no se apareció, porque hace ver que es verdaderamente el primer día de la nueva creación, donde un cuerpo, una corporeidad humana vive una cualidad del todo nueva, nunca conocida hasta entonces, ni imaginada, ni soñada.
“Llegó Jesús” y este textual “poniéndose en medio” (Jn 20,19) dice que Él es el centro del mundo, de la historia, de todos y de todo. También de sus miedos, de los pensamientos y razonamientos de ese preciso instante. Ellos todavía no han logrado ensamblar toda la visión de la vida y de la historia a partir del paso, de la Pascua del Señor. Esta es quizás el desafío principal de la Iglesia también hoy.  Mostrar los signos de su pasión no sirve como una simple verificación de que es Él, pero es Él porque se ha ofrecido hasta el final, sus manos son el testimonio de la obra que Dios ha cumplido, su costado permite una mirada que reconoce que es verdaderamente Dios y por lo tanto también conoce cuando el hombre vive como hijo de Dios.
Este es el sentido de su “Shalom” (Jn 20,19) que no es simplemente un augurio de paz, sino más bien la constatación de su situación de vida a partir de la resurrección: una pacificación total con todos y con todo, un bienestar que llena la vida de una persona de tal manera que no percibe ninguna posibilidad de amenaza.  Este bienestar de ellos tiene una estrecha conexión con lo que Él hace, con lo que Él es. Les hace ver las cicatrices, por un lado testimonio de su entrega, de su ofrecimiento total y por otro, justamente por esto la denuncia de su fracaso de su mentirosa amistad: “Entonces todos lo abandonaron y huyeron” (Mc 14,50) como Él había predicho.  Esta historia que cada uno de nosotros conoce en la vida, sentimientos de culpa, cosas no resueltas, no haber sabido reaccionar decididamente contra el mal, haber fracasado. El hombre no puede arreglar su historia, nadie puede. Y ningún hombre puede ayudarlo, porque nuestra vida se hunde más allá de nosotros mismos y más allá de los que nos rodean.  Las relaciones son trinitarias, no de a dos, por eso se necesita siempre el tercero que resuelva el drama de las relaciones.
Todos juraron que no lo abandonarían (Cfr. Mc 14, 29-31) pero bajo la cruz ha quedado solo uno, es por esto que cuando entró en la tumba vacía “vio y creyó” (Jn 20,8).
Tomás fue el primero en decir de estar dispuesto a morir por Él, cuando Jesús quiso ir a Betania para ver a Lázaro, cuando los judíos lo buscaban para matarlo (Jn 11,16) pero no estuvo bajo la cruz, no resistió.  Esta es la historia de Tomás, él se quedó en el viernes santo, él no estaba allí, él quedó en la experiencia del mal que es más fuerte. Tenía que descubrir la humanidad que va más allá de lo que para él era lo máximo, o sea morir.
Es por esto que es tan importante el encuentro con la Víctima pascual que hace ver las heridas y dice Shalom, muestra cómo termina el hombre que vive como Dios. Aquel que lo ha mandado, el Padre, lo recogió y por lo tanto ahora nosotros podemos estar bien.
No se puede ya volver atrás, las puertas están cerradas, no se puede regresar. La puerta hacia la mentalidad vieja, la del mundo, está definitivamente cerrada. Nuestra complicidad sólo puede ser perdonada por la Víctima, por ningún otro.
Por este motivo Cristo entrega de nuevo el Espíritu (Cfr. Jun 20,22). Nos vuelve a dar la vida filial que nos había dado cuando entregó el Espíritu desde la Cruz, esa vida que no logramos acoger nos vuelve a ser donada para hacer lo que Él ha hecho. “Como me ha mandado el Padre así yo los envío a ustedes” (Jn 20,21).  Nos manda perdonar los pecados, a volver atrás, a eliminar el pasado oscuro de cada uno, porque todas las veces que en Juan se habla de perdonar los pecados significa alejar una cosa, separar de un pasado, separarse de un lugar, separarse de un objeto. Por lo tanto no regreséis, ni ustedes ni los que encontréis. Los que están dentro de este lugar, este mi Cuerpo, liberadlos del pasado, de una vida que se realiza en la oscuridad, con las obras equivocadas, con la mentalidad equivocada. Alejad esto, liberadlos de esto (Cfr. Jn 20,23). En Cristo también el pasado equivocado y de pecado se transfigura en la luz, porque es amado.  Esta es la misión que la Iglesia no puede dejar de lado y que ningún otro puede asumir.
La de Tomás es por lo tanto la más grande confesión de fe, este hombre es mi Señor y mi Dios.  Este hombre con estas heridas, este hombre a quien yo no pude ser fiel, este es el Dios fiel, este es mi Señor.
Esta es la fe que vence al mundo (Cfr. 1 Jn 5,4). La fe que nos hace estar más atentos a lo que dice el Señor y a Quien ha mandado que a nuestra experiencia del mal. Aquí prácticamente se desarrolla el drama espiritual de cada uno, creer a la propia experiencia del mal o a la fidelidad de Quien te ha amado, que hace de sí mismo un don que va más allá de la tumba, más allá de la puerta cerrada.  Es una nueva creación, una nueva historia.
La puerta permanece cerrada y nosotros no la queremos abrir, nosotros queremos vivir la vida nueva a la cual hemos sido engendrados a través del costado de Cristo.
P. Marko Ivan Rupnik


sábado, 31 de marzo de 2018


Domingo de Pascua                Año B                                                          Jn 20,1-9

El evangelio de Pascua comienza diciendo que “era el primer día” (Jn 20,1).  De hecho es el primer día de la nueva creación, el Octavo Día donde todo se hace uno, todo es contemporáneo, todo está abierto a todo, todo de compenetra con todo
Es un poco extraño que se diga que era de mañana y que todavía estaba oscuro.
Es evidente la concordancia con el Cantar de los Cantares, la esposa que toda la noche busca al amado (Cf Ct 3,1-2).  Aquí María Magdalena va al sepulcro, en un clima de amor que corresponde ciertamente a la nueva creación, pero a pesar de su generosidad y de su amor todavía no ha llegado a la madurez pascual, todavía quisiera retener al Amado (Cf Ct 3,4).  La piedra quitada del sepulcro no la lleva enseguida a la vida, a una liberación sino a la muerte, piensa que alguien se lo haya llevado.  María no entiende todavía que la piedra ha sido removida para nosotros, a fin de que veamos que el Señor ya ha pasado.  Su Pascua-Éxodo está cumplida.  Aquel que vive su vida en el Amor del Padre, o sea como don de sí, pasa a través del velo que se rasga y entra en el Santuario del Padre (Cfr. Heb 10,20).  De hecho durante 40 días aparecerá para enseñar y para manifestar a los discípulos como es la humanidad glorificada por el Padre en el Hijo.
Al anuncio de la Magdalena Pedro y Juan comienzan a correr, prácticamente entre el mercado y el pretorio, por lo tanto en una zona peligrosa.  Continúa esta comparación que encontramos cinco veces en el evangelio de Juan, entre Pedro y “el otro discípulo” (Jn 18,16; 20, 2-8) “el que Jesús amaba” (Jn 13,23; 20,2; 21,7; 21,20) o “el amigo del Señor” (Jn 3,29; 11,3.11) No se dice el nombre, lo que quiere decir que es un discípulo representativo, en quien todos podemos reconocernos, es el discípulo por excelencia después de la Pascua, el que tiene un amor semejante al de Cristo, o sea que no tiene temor por sí mismo.  Juan de hecho lo ha seguido hasta dentro del Pretorio (Cfr. Jn 18,15) sin temor. Él es verdaderamente el hombre que razona según el ágape y por lo tanto la tradición lo representa sobre el corazón de Cristo, porque razona con el corazón.  Razona con el mismo amor con el cual es amado (Cfr. Jn 15,12).  Es por esto que siempre vence a Pedro, porque Pedro todavía después de la última cena no se ha fiado del Señor, siempre tiene entre manos una solución propia (Cfr. Jn 18,10)
Pero es el amor que llega siempre primero.  Juan mira dentro y ve las vendas bien dispuestas allí, como flojas, caídas como si el cuerpo se hubiese “evaporado”.  Estaban dobladas de la misma manera como se preparaba el tálamo. Y esto es importante porque cuando Cristo fue sepultado José de Arimatea toma una cantidad enorme de mirra y de áloe -100 libras- que son 30 o 40 Kg ·esencias que no se usan para el muerto, sino para perfumar el vestido del esposo (Cfr. Pr 7,17; Ct 3,6; 5,1; Sl 45,9)
José de Arimatea con esta cantidad exagerada muestra el cumplimiento del amor, de las bodas para el Esposo.
Las vendas eran más bien telas, “keriasis” eran las vendas usadas para Lázaro, (Jn 11,44) mientras aquí se habla de “otonia” que es propiamente una sábana matrimonial, larga cuatro metros.  En esta sábana fue envuelto Cristo, ajustado tras veces con un lazo a los pies, al costado y al cuello.  Como el cuerpo se ha ido sin mover la sábana, este cayó, se “desinfló” y queda como si fuese preparado el lecho.
Por lo tanto esto llama la atención, nos acercamos al Cantar, María Magdalena, Juan que es el amigo, todo crea un clima de amor absoluto. Y justamente porque ama, Juan llega primero, mira, ve el tálamo y espera a Pedro.
Pedro llega, entra y observa: todavía no entiende. Observa pero no entiende.  Entra Juan, vio y creyó. Se adhiere. A qué cosa? Es obvio, no lo han robado. No era posible.  Era imposible deshacer el envoltorio y después dejar todo en su lugar, ordenado, ahí dentro, arreglar todo y a la vez dejar todo atado.  El amor le hace intuir que Cristo ha pasado a otra existencia.  Como había dicho. Su humanidad vive ahora plenamente en la Gloria de Dios, ha pasado a otro modo de existencia.  La muerte no ha tenido la última palabra.  Esto es ciertamente lo que Juan creyó. Porque lo dice en su carta muy bien: “Lo que era al principio…nosotros hemos tocado… eso os lo anunciamos” (Cfr. 1 Jn 1,1-2).  Cristo es la vida, quien tiene al Hijo tiene la vida eterna (Cfr. 1 Jn 5,12).
Justamente porque el Señor ha resucitado ha llegado a ser un Cuerpo con muchas moradas (Jn 14,2), un Cuerpo al cual somos incorporados.  La Pascua de Cristo es por lo tanto para nosotros, a través de los gestos de amor, a través de una vida vivida como don de sí, el ingreso en el Santuario del Padre.
Este paso nosotros lo celebramos y vivimos en cada Eucaristía donde nuestro pan –que encierra nuestra vida- se convierte en ofrenda, por medio del Espíritu Santo manifiesta el Cuerpo de Cristo convirtiéndose en un don total que el Padre recoge en su Gloria.
P. Marko Ivan Rupnik



viernes, 23 de marzo de 2018

Domingo de Ramos




Domingo de Ramos                                                           Fil 2,6-11
                                                                             
Partimos del texto de la carta a los Filipenses, intensamente cristológico y por lo tanto óptimo fondo para la reflexión de la liturgia de hoy.
Al comienzo del versículo 6 Pablo crea una antítesis entre la forma de Dios (morphē theou) y la forma del siervo (morphē doulou). El término “morphē” se usa solo aquí, dos veces, pero sólo en este pasaje.
Habría podido usar la palabra doxa, gloria, y expresar que Él es la gloria de Dios, la manifestación de Dios, pero esto sólo aparecerá al final del himno, cuando Cristo es aclamado litúrgicamente como la gloria de Dios Padre.
Pablo no usa siquiera la palabra eikon, icono, imagen, porque este es un término que dondequiera aparece tiene una acepción estática, nos recuerda algo estable.  Morphè en cambio es una palabra que ya en sí misma anuncia un dinamismo (Cfr. Fil 2,7), en griego indica dinamismo, no es algo estático, sino que cambia. Pablo en 2 Cor 3,18 dice que nosotros seremos transformados –usa la raíz “morphē” y por lo tanto expresa un dinamismo, un paso –en la imagen, o sea en el icono, algo estable, el modo (la forma) de existir de Cristo como Hijo de Dios ya incluye la acogida del ser hombre. En este pasaje hay una dramática “kénosis”, un despojo de la forma de Dios como gloria y un asumir una forma de existir como siervo, pero siempre como Hijo de Dios. Cristo como hombre no vive su condición divina a su favor, como atestiguan muy bien los relatos de las tentaciones en el desierto (Cfr. Lc 4, 1-13) sino que vive su filiación y su divinidad a favor del hombre, a favor de la humanidad que él ha asumido.” Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9).  Este pasaje kenótico en el cual Cristo se humilla y el hombre se enriquece lo cumple porque así se lo ha mandado el Padre.  Es totalmente uno con el Padre (Cfr. Jn 10,30), más bien El hará todo de esa manera para que “el mundo sepa que yo amo al Padre y hago lo que el Padre me ha mandado” (Jn 14,31).  Su amor filial lo lleva a ser “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,8). Renuncia a la condición de Dios según Dios, y vive la condición de Dios según los hombres. Obedecer quiere decir confiar en el otro, el epicentro de la relación está en el otro. Adán creyó al tentador, se convenció que no obedecer quiere decir vivir y se descubrió envenenado por la muerte. Ahora el Hijo de Dios obedece para morir y así poder encontrar a Adán muerto porque sólo de esta manera Adán puede recuperar la vida. Cristo obedece porque está totalmente entregado al Padre y esta relación volverá a dar la vida a Adán que pensaba salvarse así mismo no obedeciendo.  Obedecer para Adán era morir, el miedo a la muerte lo empujaba a salvarse a sí mismo y salvarse a sí mismo significaba no obedecer a Dios sino creer en un propio proyecto de llegar a ser (Cfr. Gen 3,5 –serás, llegarán a ser). El tentador logró convencer a Adán que si vive con Dios, Dios le impedirá “llegar a ser”.  Entonces te tienes que afirmar y exaltar a ti mismo.  En cambio en Cristo vemos que es el Padre que lo exalta (Fil 2,9). No sólo esto, sino el que vive la vida como don de sí en una relación de amor del Hijo no puede ser matado, no puede ser destruido. “Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla». (Jn 10,18).
No es Cristo que se exalta, Pablo es muy preciso en el uso de los términos, el Hijo “se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte” (Fil 2,8). Por esto entonces la humillación es obra del Hijo mientras que la exaltación es obra del Padre (Cfr. 2,9). Por esto la humillación es la forma activa del Hijo, la exaltación es pasiva.
Cuando un hombre se exalta a sí mismo realiza un suicidio espiritual, pierde la vida que quiere afirmar (Cfr. Jn 12,25). Nosotros estamos llamados a vivir nuestra vida como don en el Hijo, como kénosis, y el epílogo de la kénosis es la acción del Padre que resucita.
En la Pasión de Cristo es interesante observar como el miedo por uno mismo juega un rol determinante. Los poderosos, ya sea en lo civil o en lo religioso, quieren matar a Cristo, pero tienen miedo del pueblo (cfr. Jn 9,22; Mc 12,12; Lc 20,19), también Pilatos (Cfr. Jn 19,18) tiene miedo, pero el miedo por uno mismo es justamente la primera consecuencia del pecado (Cfr. Gen 3,10).  El paso de la esclavitud a la libertad tiene que ver exactamente con el miedo, se es esclavo hasta que se tiene miedo.  Moisés cuando estaba delante del Mar Rojo con su pueblo y el ejército del faraón a sus espaldas y oyendo al pueblo gritar de miedo tenía como primera cosa que hacer el tranquilizar al pueblo: “No tengáis miedo!” Sed fuertes y veréis la salvación que el Señor hoy obrará para ustedes, porque los egipcios que hoy veis no los veréis nunca más!” (Ex 14,13). Durante 40 años tendrán que caminar en el desierto.
Por este motivo la espera del Mesías ha hecho surgir imaginaciones sobre las coordenadas de este mundo que puedan volver a hacer seguro el yo, que puedan reforzarlo de manera tal que aleje los miedos y poder sentirse seguros. Como bien sabemos y de muchas fuentes, esta espera se concentraba alrededor de la restauración del reino de David como una fuerte afirmación del pueblo de la alianza. También los discípulos, al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, todavía no han comprendido la novedad del Reino que Cristo realiza, ni el modo (Cfr. Hech 1,6).  Este malentendido se hace explícito cuando se escucha en el Evangelio de Marcos “Bendito el que viene en nombre del Señor!” “Bendito el Reino que viene de nuestro padre David”. Una de las palabras peor entendidas es el Reino y el Rey. “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36).  Cristo entraba en Jerusalén cabalgando un asno: “¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna” (Zc 9,9).
Este es el alcance fuerte y permanente de la vida espiritual de todo bautizado, entender al Mesías y la venida de su Reino según el Padre, o sea en la filiación, no de acuerdo a las expectativas síquicas de revancha según el mundo.
P. Marko Ivan Rupnik
 

jueves, 15 de marzo de 2018

V Domingo de Cuaresma


V Domingo de Cuaresma - Año B                                   Jn 12.20-33

Para entender bien el Evangelio de hoy, es necesario enmarcarlo en lo que viene inmediatamente antes, es decir, la resurrección de Lázaro y la entrada triunfal en Jerusalén. Estamos en la línea divisoria de las dos grandes partes del Evangelio de Juan, las señales y la gloria. La culminación es Marta que confiesa la verdadera fe en Cristo: ella en un hombre, en el Maestro, descubre al Hijo de Dios. Esta es la contemplación verdadera, ver una realidad más profunda.
Precisamente de esto se trata. El pasaje de la entrada a Jerusalén puede dar lugar fácilmente a una incomprensión total de la obra de Cristo como una mera realización de las expectativas mesiánicas que satisface aquellos que estaban esperando la restauración del reino de David. Sin embargo, esto sería una glorificación entendida en un sentido puramente humano, es decir, detenerse en la superficie, limitándose a ver lo que se quiere ver y lo que se espera ver.
En este escenario se avecinan algunos griegos, probablemente los mismos que los que se habla en los Hechos de los Apóstoles (cf. por ejemplo, Hechos 17) o sea algunos griegos que se han acercado a la fe y la religión judía, pero no están circuncidados y por lo tanto viven la religión de Abraham, es decir, la Alianza, desde el exterior. Llegaron para la Pascua, y viendo el triunfo de Cristo en Jerusalén se acercan y quieren ver.
El verbo utilizado es orao (Jn 12, 21) y no blépo, que se limitaría a un simple ver, mirar, constatar cosas. Aquí realmente se quiere enfatizar el ir más allá, buscando algo más detrás de la superficie inmediatamente perceptible. Es un verbo que se usa en algunos pasajes interesantes de los Evangelios, por ejemplo, (Cf. Mt 11,7; Lc 7:24) "¿Qué salisteis a ver en el desierto?", "Muchos quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo han visto "(cf. Lc 10,24)," ¿Qué señal nos das para que podamos ver?”(cf. Jn 6:30). Y el uso más significativo de ese verbo está en Jn 20.8 "Entonces el otro discípulo que había llegado primero a la tumba también entró, vio y creyó".
Estos griegos, prosélitos que - como vemos en los Hechos de los Apóstoles - no se dejan detener por lo que dicen los judíos sobre Cristo, siendo ellos libres de la ley y de la tradición quieren ir más allá de todo esto y esto es lo que ellos piden ver. Después Cristo habla sobre la glorificación que sucederá en la cruz cuando se cumplirá el plan del Padre y Él estará en el Padre. Porque la persona se manifiesta cuando muestra cuál es su verdadera vida, es decir, en sus relaciones. Y lo que sucede entre una persona y Dios no es perceptible para el ojo superficial.
Este más allá es precisamente la transfiguración en el monte, es el ver más allá de lo que percibimos bajo el aspecto físico, psicológico o social. Si su verdadera vida es bios, lo que en Juan es la vida del cuerpo, entonces la persona es lo que vemos en el cuerpo, y termina cuando el cuerpo termina.
Si la vida es psiché, usado aquí para decir: "El que ama su vida" (Jn 12,25), es decir, este deseo de vivir la vida biológica, la vida del mundo, todo se reduce a nuestro deseo de poder vivir bien en este mundo y este deseo está destinado a no sobrevivir, dejando así decepcionados a aquellos que han enfocado su vida sobre esta expectativa.
Pero la vida verdadera, la vida eterna es z, la vida como relación filial con el Padre, la comunión del Hijo con el Padre.
Para Felipe, que va a decirle a Jesús que algunos griegos lo quieren ver, Jesús da una respuesta que a primera vista no corresponde a la pregunta, pero en realidad abre el único camino del conocimiento, el camino pascual. Para conocer no existe otro camino más que el amor y el amor se vive sólo de manera pascual.  No se puede amar si no es sacrificándose.  No se puede amar si no es entregándose. La persona no es solamente el cuerpo, no está sujeta al cuerpo sino que se expresa con el cuerpo.  La persona tiene la capacidad de ofrecer su cuerpo. Glorificar en Juan significa que la propia vida revela la realidad del otro, lo que cuenta del otro. El Hijo del hombre será glorificado en la cruz. Por lo tanto, Jesucristo será conocido a partir de su resurrección. No sólo eso. Serán los bautizados, los resucitados que darán a conocer a Cristo. Cristo todavía hoy da fruto, son los brotes de su muerte porque el amor dura para siempre y cuando uno se ha gastado en el amor a los ojos del mundo muere, pero de hecho el amor lo hace resucitar y son muchos los que salen de las aguas bautismales, mujeres y hombres nuevos, el cuerpo de Cristo resucitado. Aquí se esconde una gran verdad sobre la misión de la Iglesia, sobre lo que es la evangelización y lo que significa hacer conocer a Cristo. Las páginas de la historia de la Iglesia son el mejor comentario sobre esta palabra del Señor. Cada vez que se ha elegido una proclamación exitosa, se ha permanecido estéril y cuando las aciones de la Iglesia se basan sobre la vida de Cristo, sobre su Pascua, la Iglesia ha sido coronada con la fecundidad. 
El Salmo 126 nos dice que los que siembran entre lágrimas cosecharán entre cantares (Crf. Sl 126,5) y esto lo saben muy bien los judíos que sembraban en todas partes y no sólo en el terreno preparado (cf. 13, 1-23, Mc 4, 1-20, Lc 10: 25-37) y también es verdad que cuando se recoge el fruto se goza. Cuando intentas tomar la vida en tus manos y manejarla, te das cuenta de que inevitablemente vas a la muerte (cf. Is 66.24). Si eres libre frente a tu vida y dejas de ser tú el epicentro y pones a otro en primer lugar - esto es ser persona.- este amor salva tu vida de la muerte. La manifestación del hombre según Dios, es el don de sí mismo, como el grano de trigo que cae en tierra y muere. Ofrecer la propia vida, convertirse en un don total, es la gloria del hombre. Si envuelvo mi cuerpo en el amor acogiendo un rostro que me llama, el rostro Dios en el rostro del hermano, mi cuerpo será destruido pero mi persona vivirá e incluso este cuerpo volverá a la vida, a un nivel nuevo, superior, diferente. Como es diferente el brote que surge del grano de trigo. O bien la persona vive una vida que es sólo este deseo de vivir o es la acogida de una vida que se nos entrega de otra manera. Si yo pierdo esta vida por amor, la ofrezco, es entonces que la encuentro en toda su plenitud.
La vida según la naturaleza nos encierra en nuestro yo para vivir de acuerdo con la naturaleza, para salvarnos a nosotros mismos. Quien intenta salvar su vida con sus propias fuerzas, pierde su vida. La vida que el Hijo nos participa es la zoé (vida eterna) de Dios. La que se nos da es la vida que se identifica con la ofrenda de uno mismo por amor.
 P. Marko Ivan Rupnik


sábado, 10 de marzo de 2018

IV Domingo de Cuaresma


IV Domingo de Cuaresma          Año B                                                             Jn 3,14-21

Estamos en el contexto del coloquio de Jesús con Nicodemo, que dice que sabe: “Nosotros sabemos que has venido de Dios” (Jn 3,2), a lo que Cristo contesta que, para saber, hay que ver.  Pero para ver el acontecimiento del reino de Dios, hay que tener la vida de Dios, o sea que hay que tener un modo de existir según Dios.  Sólo así se pueden ver las cosas y los acontecimientos según Dios (Cfr. Jn 3,3) y esto quiere decir tener un conocimiento que nace de la participación en la vida, o sea de la experiencia.  Participar en la vida de Dios quiere decir tener la experiencia de la salvación, o sea la experiencia de que nuestra vida no puede permanecer, sobrevivir a las debilidades, las enfermedades, las injusticias, al mal, al pecado y traspasar la tumba.  Por esto Cristo trae la imagen de Moisés que levanta la serpiente de bronce para salvar al pueblo que tenía el aguijón de la muerte dentro, para decirnos que nosotros de la misma manera tenemos el veneno dentro y por lo tanto estamos caminando ya hacia la muerte. Es por esto que no podemos ni ver, ni conocer, porque todo lo que vemos y conocemos está envenenado por esta herida y por la muerte y así todo se lee en clave de salvación que nos es necesaria, que de alguna manera la tenemos que obtener. El miedo por nosotros mismos y la necesidad absoluta de salvarnos falsean nuestra lectura de las cosas, de los acontecimientos, de los otros y, sobre todo, de Dios mismo.
Es curioso el término “levantado” porque de alguna manera se refiere de modo directo al texto de Números (Num 21,4-9), pero por otro lado se entiende también en el contexto de Juan, donde aparece un par de veces. “Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo” (Jn 8,28).  Este ser levantado no será por lo tanto una auto afirmación del Hijo, sino una glorificación del Padre.  El Hijo manifestará la verdad del Padre, será un triunfo de la comunión del Padre y del Hijo.  Por lo tanto será la redención del hombre, porque este es nuestro Dios. Su manifestación es el nuevo nacimiento del hombre. Juan de hecho enfatizará que el Hijo nos entrega su Aliento: -.el Espíritu- (Cfr. Jn 19,30), que es el Señor de la misma vida de Dios, o sea el Señor de la vida como comunión, como amor.  Hace referencia a esto el mismo Hijo hablando de su muerte: “Y yo cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).  El Hijo glorifica al Padre porque haciendo pasar su Aliento a los hombres y atrayéndolos a la comunión, los presenta al Padre como hijos.  El Padre es glorificado en la filiación. Por lo tanto este subir a lo alto no es para tomar el puesto para juzgar, el Hijo no ha sido mandado para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de la entrega de sí mismo (Cfr. Jn 3,17), por medio de su entrega en nuestras manos (Cfr. Mc 9,31).  No se entrega en las manos de los justos como premio por su compromiso ejemplar, sino que se entrega en las manos de los pecadores, cuando todavía éramos sus enemigos, cuando no nos fiábamos de Él, sino que creíamos más bien en nosotros mismos (Cfr. Rm 5,7-11).
El aguijón de la muerte ha sido eliminado porque hemos recibido una vida que es inmune al pecado y a la muerte. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado porque un germen divino permanece en él; y no puede pecar porque ha nacido de Dios” (1 Jn 3,9). Y “el que tiene al Hijo tiene la vida” (1 Jn 5,12). Por esto afirma que “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16), Juan usa el verbo en tiempo presente.
Por consiguiente en la acogida de este don, de este Dios que se entrega en el Hijo, se realiza lo que se dijo ya en el Prólogo del evangelio de Juan: “a ustedes se les ha dado el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Cfr. Jn 1,12). Es ahí que la vida de Dios pasa a nosotros.  Y la vida de Dios para Juan es la vida que es verdad, porque es la vida de una única relación inquebrantable, o sea la vida como “zoé” entre el Padre y el Hijo. Aun cuando se oscurecerá toda la tierra (se refiere a la muerte de Cristo), el único eje firme en esa hora de la tarde, será la relación entre el Padre y el Hijo.  Es así que Juan nos transmite el término “vida eterna”.  Este término que usa Juan conserva el eco de su raíz sánscrita, donde significa la fuerza vital, y en griego significaba además, vida sin edad, o sea de siempre, que no tiene edad.  No se trata de una vida que ahora es joven, después madura, envejece y muere, sino que no tiene edad, es siempre vida.
Esta vida –el amor del Padre y del Hijo- es la verdad que ilumina a todo hombre haciéndolo partícipe de esta comunión, de esta misma vida, del mismo Aliento, o sea del mismo Espíritu Santo que de “al lado de ustedes” pasa a “en ustedes” (Cfr. Jn 14,17).  Nosotros acogemos al Hijo en el bautismo.  Y es esta vida que estamos llamados a hacer crecer hasta la estatura de Cristo (Cfr. Ef 4,13), haciéndola pasar por todo lo que nosotros somos a fin de que todo se llene de Él en todos los aspectos (Cfr. Ef 1,23).
Es fácil resbalar de la fe a la religión.  El aguijón del pecado siempre sugiere que solamente nos salvamos sólo si merecemos la salvación. Entonces, en vez de acoger el don, comenzamos a elaborar ideologías y moralismos de conquista: hay que ser “buenos” para recibir lo que cada uno merece. Pero Ya Berdjaev decía que esta “bondad” del individuo (se refiere al hombre centrado en sí mismo) es el gran obstáculo al amor y por lo tanto a la fe que es la transfiguración causada por la acogida del don.
El camino de la religión es aquel que nos lleva a sentirnos justificados y por lo tanto a juzgar y a condenar al prójimo.  Se elaboran doctrinas que justifican religiosamente nuestro juicio sobre los demás.  Se piensa incluso de creer y ser de Cristo, en cambio se está solos, en la oscuridad del corazón que no tiene la luz de la vida. Incluso el Padre no juzga, sino que ha confiado el juicio al Hijo “el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo” (Jn 5,22). Él quiere atraer a todos hacia sí a fin de que nadie se pierda (Cfr. Jn 18,9). Una cierta decadencia religiosa nos vuelve duros, inmaduros y alejados de la vida de Dios, porque no nos abandonamos a la vida que nos lleva a entregarnos a nosotros mismos.
Hay que ejecutar la verdad y no sólo pensarla, o más aun estas convencidos de poseerla.  La verdad se manifiesta en nuestra humanidad que se entrega por los demás.
Por lo tanto, precisamente porque la práctica hace ver la vida, la que no está sujeta a la muerte, cuando Cristo es plenamente consciente de que ha llegado la hora de pasar al Padre, lava los pies a sus discípulos, o sea hace un gesto (Cfr. Jn 13,1-5).  Realizó la verdad.  Esta es la vida que nos hace pasar al Padre, la vida vivida como don. Y esta es la verdad.  La cuaresma es el tiempo para purificar nuestra mente a fin de que pueda pensar así y para que nuestros sentidos no se rebelen contra el amor.                                                            P. Marko Ivan Rupnik



NOTA IMPORTANTE
¿Cuál es el significado de la palabra “vida” según el Nuevo Testamento? Por ejemplo, cuando el Señor Jesús dijo en Juan 10:10: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” ¿Qué quiso decir? ¿Acaso nos quiso decir que Él nos ayudaría a llevar una vida humana mejor o que enriquecería o mejoraría nuestra vida?
Si deseamos saber lo que significa la palabra “vida” en el Nuevo Testamento, es necesario acudir a esta palabra tal y como aparece en el idioma original griego. En el idioma original griego hay tres palabras distintas para la traducción de “vida” en español: bíospsichè, y zoé, y cada una de ellas tiene un significado distinto. He aquí algunos ejemplos donde se utiliza cada una de ellas:
1. Bíos, en Lucas 8:14: “…los afanes y las riquezas y los placeres de la vida”. Esta palabra griega se refiere a la vida física de uno y es de dónde la palabra biología proviene.
2. Psichè, en Mateo 16:25: “Porque el que quiera salvar la vida de su alma, la perderá”. La palabra griega aquí se refiere a la vida psicológica del alma, es decir, la mente, emoción y voluntad, y es de dónde obtenemos la palabra psicología.
3. Zoé, en Juan 1:4: “En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. La palabra griega aquí se refiere a la vida increada, eterna, la vida divina poseída exclusivamente por Dios.